Así es cómo la televisión te convierte en fascista

Mi hijo Al me ha enviado este artículo y debo decir que lo he leído de un tirón y con creciente preocupación porque iba asintiendo en todas y cada una de las informaciones. Y eso es alarmante.
No quiero perderlo de vista, de modo que lo reproduzco aquí, por si hay cambios en los archivos de LA MAREA. Pero te recomiendo que te suscribas a este medio, que, parece, librepensador.

Aquí os lo dejo.

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Así es cómo la televisión te convierte en fascista

Un momento del programa de televisión ‘Sálvame’. CAPTURA DE PANTALLA

“Para convertirte en un verdadero fascista todavía hay que dar un paso más. Cuando te den a elegir entre dos informaciones, una veraz y otra a todas luces falsa, debes elegir voluntariamente la segunda”.

Manuel Ligero – 29 mayo 2020 – Una lectura de 24 minutos

Cuando Joshua Meyrowitz publicó su ensayo No Sense of Place, en 1986, no podía saber el desarrollo que iba a conocer el medio predilecto de su análisis: la televisión. El objeto de su estudio era cómo los medios electrónicos estaban transformando nuestro comportamiento cotidiano. Y no emitía juicios: la tele no era ni mala ni buena. Al estar expuestos a ella, nos llegaba de todo, lo que nos convertía en «cazadores recolectores de la era de la información».

Lo que veíamos en ella podía cambiar (y de hecho lo hacía) los roles sociales: era un igualador cultural (a su juicio la tele y la radio daban acceso a un conocimiento y una información que antes eran inaccesibles para las capas más bajas de la sociedad); podía, asimismo, convertir a los niños en adultos y a los adultos en niños; a los hombres en feministas y a las mujeres en trabajadoras por cuenta propia; podía constatarse, igualmente, cómo la tele disolvía las jerarquías y en ella los políticos aparecían como gente corriente, como «el vecino de al lado» (recuerden el reportaje de Ana Rosa Quintana en la antigua casa vallecana de Pablo Iglesias*) y a su vez el vecino de al lado se convertía en analista político (volviendo a Susanna Griso, fue ella quien concedió este estatus, entre otros, a Fran Rivera o José Manuel Soto).

Meyrowitz, además, concedía una especial importancia a los cambios en la interacción social, en el cara a cara entre ciudadanos y en cómo la tele había borrado la separación entre lo público y lo privado. Su trabajo tiene valor porque se anticipó varios años a un tipo de televisión que convertiría su análisis (basado en los programas de los años 80 y bastante aséptico) en una siniestra premonición.

En España, la irrupción de las televisiones privadas y de los medidores de audiencia en los años noventa cambiarían para siempre el modelo y el negocio televisivo. Sin caer en la nostalgia, en la televisión de los ochenta podíamos ver en un mismo canal al Fary diciendo burradas machistas y a Almodóvar y McNamara cantando Suck It to Me para pasar después a una entrevista de Vicente Botín a Fidel Castro. El país estaba construyéndose a sí mismo, culturalmente hablando, tras 40 años de dictadura y sus primeros pasos fueron erráticos pero no exentos de encanto.

Para 1992 ya estaba bastante claro hacia dónde nos encaminábamos. Los fundadores de Telecinco conocían muy bien la televisión que se estaba haciendo en Estados Unidos, tanto las series (Sensación de vivir, Melrose Place) como los talk shows (The Jerry Springer Show, cumbre del bizarrismo catódico), y su implantación en nuestro país fue un éxito tremendo, como lo había sido antes en Italia.

Antes de su desembarco en España, Berlusconi y sus Mama Chicho habían barrido a la televisión pública italiana en las preferencias del público. ¿Es él, que llegó a ser cuatro veces primer ministro entre 1994 y 2011, el principal responsable del desplome de la cultura italiana? Y lo que es más importante: ¿a lo largo de todos estos años de concursos, fanfarrias, machismo descarado y tertulias vocingleras, nos ha convertido en analfabetos funcionales? ¿Puede entenderse el ascenso de Salvini sin 25 años de berlusconismo? Y más aún: ¿puede entenderse el ascenso de Abascal en España sin la atención recibida por los canales privados? En pocas palabras: ¿Mediaset nos ha hecho fascistas?

Esta incógnita fue objeto de un detallado estudio conjunto de la Universidad Pompeu Fabra, la Universidad de Milán y la Universidad de Londres que recogió The Washington Post. Según Rubén Durante, investigador de la institución catalana, los jóvenes que crecieron viendo los canales de Mediaset durante su etapa de formación “son cognitivamente menos sofisticados y menos cívicos” que quienes lo hicieron viendo la televisión pública.

Pero Mediaset no es la única empresa que contribuye a que haya votantes de, en palabras del Post, “candidatos populistas que venden mensajes simples y respuestas fáciles”. Hoy todas lo hacen en mayor o menor medida. Aunque, claro, solo una televisión se atrevió a desnudar a Jesús Gil, meterlo en un jacuzzi rodeado de chicas en bikini y ponerlo a propagar sus remedios elementales para arreglar España.

Captura de Jesús Gil y Gil durante el programa ‘Las noches de tal y tal’. TELECINCO

Desde hace años hay un esquema que recorre las redes sociales para explicar el crecimiento de los crímenes de odio. Fue denominado la Pirámide del Odio y la Violencia. La tesis era que, a través de diversas fases, lo que empezaba siendo un simple desprecio o un chiste a priori sin importancia podía culminar, en el seno de una sociedad empapada de esos mensajes, en una violación, un homicidio e incluso en un genocidio.

Este esquema, que podría tacharse con razón de básico y tremendista, ha sido reinterpretado en diversas ocasiones y para muchos usos distintos. ¿Podríamos hacer lo propio con los programas de televisión? ¿Podríamos tirar de un hilo que nos condujera desde una inocente entrevista con unas hormigas de peluche a ver sentado en el Consejo de Ministros a un político de la ultraderecha?

La televisión de la crueldad

La televisión de la crueldad es aquella que convierte en espectáculo la denigración y el sufrimiento del ser humano. Se trata de un producto que, basado en la humillación, despierta los instintos más bajos de la audiencia. Ver a alguien pasarlo mal es, a tenor de los datos, un éxito seguro. Telecinco ha basado buena parte de su parrilla en exponer a sus colaboradores a toda clase de escarnios. En mayo de 2019 reventó el share con la primera gala de Supervivientes, en la que los concursantes saltan desde un helicóptero para llegar a una isla de Honduras en la que deberán pasar varios meses sobreviviendo al estilo Robinson Crusoe.

Aquel día saltaba del helicóptero Isabel Pantoja y el morbo que despertó este personaje habitual de la prensa del corazón fue algo inusitado. Según explicaba Tom C. Avendaño en las páginas de El País, alcanzar un 40% de share equivale a “paralizar el país”. El salto de la tonadillera consiguió un 36,5% (según datos de la propia cadena). Tras el chapuzón inicial, todas las temporadas siguen un guion similar: consiste en hacer pasar hambre a los concursantes, achicharrarlos al sol y arrastrarlos por el fango (literalmente, y en este sentido el caso de Chelo García Cortés, una señora de 67 años, fue especialmente degradante, lo que no impidió infinidad de burlas en las redes y entre sus compañeros de canal).

Pero, por encima de todo, lo que se persigue es que se peleen entre ellos. Si los concursantes colaboran, el programa no funciona tan bien como si se insultan. ¿Ejemplos? “Sois unas rastreras repugnantes”, le dijo Carlos Lozano a las Azúcar Moreno, dúo musical de etnia gitana al que no dejó escapar sin restregarles antes un cliché racista: “No tenéis ganas de nada. Habéis venido a darle al cante y al baile. Aquí se viene a trabajar”.

Podrá decirse que los protagonistas de Supervivientes saben a lo que van y que cobran muy bien por ello. Que es algo inocuo, mero entretenimiento, pura banalidad, apenas una broma. Es lo que Pierre Bourdieu, en una charla en el Collège de France, explicaba con el concepto de violencia simbólica: “Es algo sutil y, por lo tanto, más peligroso. La violencia simbólica es una violencia que se ejerce con la complicidad tácita del que la sufre y del que la ejerce”.

La televisión de la crueldad crece, se retroalimenta y se expresa pisoteando los principios socráticos: tratar al otro como yo querría que me tratara a mí. Y lo hace de forma totalmente deliberada. Así pues, cuando Carmen Borrego recibe un tartazo o cuando hacen llorar a Lydia Lozano en Sálvame, todo forma parte de un espectáculo previamente pactado. ¿Pero qué clase de espectáculo es ese? ¿Cuál es su interés más allá de la mera degradación? ¿Qué enseñanza puede sacar la audiencia de esos comportamientos? ¿Puede Sálvame contribuir a normalizar socialmente las faltas de respeto?

Quizás con otro producto de Mediaset se entienda mejor. Mujeres y Hombres y Viceversa es un programa en el que varios jóvenes musculados compiten por ser el más ligón. Todos vienen cortados por el patrón del guido, expresión ofensiva referida a los concursantes italoamericanos de Jersey Shore, un reality show de la MTV con el que tiene varios puntos en común, el principal de los cuales es que los hombres engañen a las mujeres para tener sexo. Si eres especialmente bueno en eso, puedes conseguir un ascenso en la cadena, que es lo que le ocurrió a Rafa Mora, ayer concursante y hoy tertuliano fijo en Sálvame.

MyHyV se emite en horario infantil proyectando una imagen tóxica de las relaciones sentimentales, de la mujer como objeto que puede ser poseído por un hombre y del hombre como candidato a un trono desde el que puede elegir con quién se acuesta. Del programa se ha dicho que “tiene como base la humillación y enmascara una articulación plagada de micromachismos”. Después de más de diez años en antena, lo que da una idea de su éxito, se entienden mucho mejor las reacciones sobre el caso de La Manada. En otro programa de la cadena (Gran Hermano Revolution) se llegó, presuntamente, a una violación que la productora del programa (Zeppelin TV) intentó solventar con dinero. Telecinco es la cadena más vista de España.

La televisión de la broma

Aunque Mediaset considera las vejaciones una forma de comedia, este escalón de la pirámide tiene un protagonista que no trabaja para el grupo que dirige Paolo Vasile (aunque sí lo hizo durante un tiempo, entre 2009 y 2011). Se trata de Pablo Motos y su programa El Hormiguero, que emite Antena 3. El cómico y presentador ha coleccionado una retahíla de salidas de tono que no encajan bien con la calificación “para mayores de 7 años” de su espacio. Motos tiene una forma peculiar de hacer sus entrevistas. No hace preguntas sino que formula ocurrencias y espera la reacción del invitado o invitada. Veamos algunas.

“George R. R. Martin [autor de Juegos de Tronos] ha humanizado a los enanos en la ficción. Siempre os ponen como duendes o como elfos, personajes que no son reales”, le soltó al actor acondroplásico Peter Dinklage. “Sí, los enanos somos reales. Toca”, contestó el intérprete. “Las chicas se dividen entre las que saben perrear y las que no”, le comentó al reparto femenino de Las chicas del cable en otro de sus momentos gloriosos. Blanca Suárez, Ana Fernández, Nadia de Santiago, Ana Polvorosa y Maggie Civantos se miraban entre ellas sin dar crédito a lo que estaban oyendo. Y no se quedó ahí: la entrevista siguió por los mismos derroteros y llegó a preguntarles si las mujeres podían ser amigas y con qué actor les gustaría trabajar.

Captura de ‘El Hormiguero’ durante la entrevista a las actrices de ‘Las chicas del cable’. ATRESMEDIA

“Llevar una vida tan dura no te da tiempo para enamorarte de un tío”, le espetó a la campeona mundial y olímpica de halterofilia Lydia Valentín. “Cuando te dieron los Grammy”, le dijo al cantante Ed Sheeran, “me llamó la atención que dijeron que no eres el prototipo de cantante guaperas que hace canciones de amor». Y acto seguido le preguntó: “¿Has notado que te ven un poco más guapo en general ahora que tienes éxito?”.

El aspecto físico es recurrente en las entrevistas de Motos. Sobre la apariencia de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, lanzó la siguiente broma: “Cómo es ese hombre, ¿verdad? Parece que lleva varios días durmiendo en un coche. Y se le ha ido poniendo la voz más aguda. Ahora tiene una voz que cuando habla se giran los delfines”.

Podría completarse este rápido retrato con un poco de discriminación territorial: “¿Con el acento andaluz qué vas a hacer? ¿Lo vas a suavizar? ¿Lo vas a dejar?”, le preguntó a Roberto Leal, natural de Sevilla y actual presentador de Pasapalabra.

El Hormiguero es un programa de éxito que lleva los últimos cinco años rondando el 15% de audiencia de media. Por ello se ha convertido en un peaje prácticamente ineludible para artistas que hacen promoción o políticos en campaña. Todos pasan por allí. No es un dato baladí que el tercer programa más visto en sus 14 años de historia haya tenido como protagonista a Santiago Abascal. La entrevista al líder de VOX, entre risas y chanzas de las marionetas Trancas y Barrancas, tuvo más de cuatro millones de espectadores y para la extrema derecha fue “la mejor noticia electoral desde que se conformó como partido”, según escribió Antonio Maestre en eldiario.es, que añadía en su artículo: “El Hormiguero no es un programa de información, es puro show, entretenimiento que ha provocado que millones de españoles vean al líder de un partido ultraderechista como un hombre bueno, como un hombre cercano, equiparable a aquellos que piensan que la xenofobia, el racismo y el machismo son elementos a desterrar de nuestra sociedad”.

¿De verdad tiene tanta importancia que haya variedad ideológica entre los invitados del programa y que se hagan algunas bromas de vez en cuando? Si el segundo escalón de la la Pirámide del Odio y la Violencia es el de las “microagresiones culturales”, ahí es exactamente donde encajaría un programa como El Hormiguero. Así es como se muestra la discriminación inconsciente: con bromas y actitudes inocuas en apariencia. Solo son chistes… hasta que se normalizan y dejan de serlo.

La televisión de la normalización

La normalización se consigue a través de la repetición. Sálvame, a lo largo de los años, ha impuesto un modelo de debate que podía parecer sorprendente en épocas anteriores: el de la réplica a gritos. Esto no era habitual en la tele y se daba en contadas excepciones, casi siempre a través de personajes extravagantes. Es justo decir que no lo inventaron ellos, Pepe Navarro y Javier Sardá fueron los pioneros, pero no era ese el objeto principal de sus programas. Allí se desarrollaba un tema y si la cosa degeneraba, pues mejor que mejor. Todo sea por la audiencia. El caso de Sálvame es peculiar porque se han saltado ese paso y lo principal son los gritos y los insultos, al margen del tema de discusión.

Todos los colaboradores aseguran ser amigos pero se dicen cosas horribles sin tener la mayoría de las veces una base sólida para dar rienda suelta a los exabruptos. Puede ser una llamada perdida que una no le ha devuelto al otro o un rumor fundamentado en un concepto tan difuso como el de la “deslealtad”, que allí usan sin parar, a menudo como sinónimo de “infidelidad”, aunque no siempre está claro ni tampoco hace falta. Lo que es seguro es que todo ese rollo de la “deslealtad” tiene que ver con la normalización del control de la pareja en las relaciones.

En cualquier caso, por una cosa o por otra, lo principal es el escándalo e importa muy poco cuál haya sido el origen del mismo. Todo el mundo parece poseído por la ira y lo más curioso es que los protagonistas de esas batallas son personajes fabricados artificialmente para eso, para que se peleen. No son famosos por nada. Simplemente salen en la tele y se chillan. Ese es todo su currículum.

En épocas anteriores, si el propósito de un programa era crear morbo, se buscaba un tema de actualidad que encajara en la idea de espectáculo y se explotaba. De forma vulgar, claro, pero al menos había un gancho. Si el hermano del vicepresidente del Gobierno usaba un despacho oficial para hacer negocios fraudulentos y se prestaba a ir a un programa como La máquina de la verdad, aquello era grotesco, ciertamente, pero tenía un fundamento. Hoy no es necesario tener una justificación para sacar el polígrafo. Se someten a él perfectos desconocidos para aclarar cosas que nadie entiende. Lo único importante es que de los resultados que arroje podrán hacerse nuevos programas en los que los mismos personajes se insulten nuevamente en una rueda de berridos y descalificaciones que no tiene fin. Y hablamos en sentido casi literal, porque el programa es interminable.

Sálvame, a través de sus diferentes cabeceras (Limón, Naranja, Tomate, Banana…), dura cinco horas. Cinco horas todos los días, de 16.00 a 21.00, de lunes a viernes, y otras cuatro horas más los sábados por la noche. “Cuando se utilizan tantos minutos preciosos para decir cosas tan banales eso acaba adquiriendo importancia en tanto esconde cosas valiosas”, explicaba Bourdieu (todo está en Bourdieu, como le gusta decir a Maestre).  “Cuando se rellena tanto espacio con la nada, con el vacío, se apartan informaciones pertinentes que los ciudadanos deberían poseer para ejercer sus derechos democráticos”. Si Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, aquí podemos decir que la banalidad es el mal. No es un espectáculo inocente con el que puedo desconectar para poner la mente en blanco y relajarme. No es una pecera. Es una opción, una apuesta personal.

Mediaset ha normalizado la bronca y ha intoxicado todos los programas de debate de la televisión. De su ruidosa fórmula han surgido réplicas temáticas como El Chiringuito (sobre fútbol) o laSexta Noche (dedicado a la política) en los cuales muchas veces se deja de lado el tema a tratar para pasar a los ataques personales. Es el triunfo del desprecio y la incivilidad. “Un ser humano puede conservar la salud de su alma tras la más dura confrontación a la naturaleza, o tras la guerra, pero es muy difícil que salga indemne tras haber conocido el desprecio”, escribía Víctor Gómez Pin en su Reducción y combate del animal humano (Ariel, 2014).

Y este desprecio no se queda ahí, encerrado en la tele, sino que se filtra a la sociedad porque esa es su naturaleza. Espectáculo y sociedad han convergido, como auguraba Guy Debord, y resultan ya indistinguibles. “La influencia espectacular jamás había marcado hasta tal extremo la casi totalidad de las conductas y de los objetos que se producen socialmente”, afirma en sus Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Anagrama, 2006). “El espectáculo se ha entremezclado con toda realidad, por efecto de irradiación”.

En una televisión en la que todo vale, se van soltando también pequeñas dosis de ideología, poco a poco, como una gota torturadora que va perforando el cráneo lentamente. Mediaset ha difundido, por ejemplo, la normalización de los vientres de alquiler, un tema recurrente en su parrilla a través de personajes como Tamara Gorro, Kiko Hernández o Torito, con los que se busca moldear a la opinión pública en un tema aberrante: la animalización de la mujer, la instauración general y aceptada socialmente de un negocio ganadero producido con mujeres.

Así se trabaja a la audiencia, que es lo mismo que decir al votante: poco a poco y a lo largo de años. Y el esfuerzo que cuesta desmontar todo ese artefacto y el poco tiempo que se le concede a quien está dispuesto a hacerlo convierten la hercúlea tarea en algo casi imposible. En este caso concreto, además, se utiliza la más artera de las estrategias de los programas de debate: confrontar en igualdad de condiciones a quien promociona una práctica abominable y a quien la combate. El retorcido procedimiento se podría resumir, en sentido figurado, con consignas absurdamente plurales: “ni machismo ni feminismo: igualdad”, “ni violadores ni violadas: igualdad” o “ni nazis ni judíos: igualdad”. Un dislate.

Se normaliza el desprecio y el machismo lo mismo que se normaliza abiertamente el franquismo. Uno de los colaboradores habituales de Sálvame, Antonio Montero, que no ha ocultado nunca sus simpatías políticas, llegó a decir en antena que “deberíamos darle las gracias a Franco por la Transición”. Ha defendido el régimen anterior a 1978 muchas veces y en una de sus intervenciones más recientes, a raíz de una polémica amorosa surgida alrededor del periodista Alfonso Merlos, Jorge Javier Vázquez intentó pararle los pies: “No puedes decir eso, Antonio. Estoy hasta las narices de que coléis los discursos de Vox aquí. No lo voy a permitir. A tomar por culo”. Pero ya era tarde. No se puede parar lo que se fomenta sin reparos durante tantos años.

Vázquez disfrutó esos días de una lluvia de elogios en los foros progresistas. Su apostilla a la reprimenda a Montero, “este es un programa de rojos y maricones, y el que no lo quiera ver, que no lo vea”, fue muy aplaudida, dando a entender que existe un nexo entre las dos cosas. Ernst Röhm, Pim Fortuyn o Milo Yiannopoulos demuestran que entre ser gay y ser de izquierdas existe la misma conexión que entre el tocino y la velocidad. De hecho, el partido ultra de Marine Le Pen, Rassemblement National, es la opción de voto preferente entre los gays franceses. Pero da igual. En el caso de Sálvame, lo que importa no son los matices sino el ruido. Y el ruido allí es ensordecedor.

Un filósofo tan poco sospechoso de marxista como Karl Popper andaba los últimos años de su vida aterrorizado por el poder sin regulación y el cariz bárbaro que estaba tomando la televisión (ojo, murió en 1994, cuando la apoteosis berlusconiana apenas estaba empezando). “La civilización es la lucha contra la violencia”, decía en una entrevista en la RAI. “Es progreso civil, es lucha contra la violencia en nombre de la paz entre las naciones, dentro de las naciones y, antes que nada, dentro de nuestra casa. La televisión constituye una amenaza para todo eso”. Según Ramon Alcoberro, “lo que en opinión de Popper está sucediendo en el mundo es que la televisión sin control y regida por la pura ‘lucha por la audiencia’ se convierte en una herramienta al servicio del totalitarismo”.

La audiencia vendría a ser la “bestia grande y fuerte” de la que hablaba Platón en La República:

“Es como si alguien, puesto a criar una bestia grande y fuerte, conociera sus impulsos y deseos, cómo debería acercársele y cómo debería tocarla, cuándo y por qué se vuelve más feroz y más mansa, qué sonidos acostumbra a emitir en ocasiones, y qué sonidos emitidos por otro, a su vez, la tornan mansa o salvaje (…) y aplicara los términos de bueno o malo, justo o injusto, a las opiniones del gran animal, denominando buenas a las cosas que a éste regocijan y malas a las que le molestan”.

Y la desinformación

Siendo dañinos todos los anteriores tipos de televisión, el mayor peligro para la democracia es la televisión de la desinformación. Lo es por su camuflaje, por su disfraz de periodismo serio, independiente y plural. Aunque la apariencia de pluralidad no es algo que se pueda alargar demasiado en el tiempo, como ha quedado demostrado durante la actual crisis del coronavirus.

Como ponía Aaron Sorkin en boca del protagonista de The Newsroom, “si a sabiendas dejas que alguien mienta en tu programa, quizá no seas un camello, pero sin duda eres la persona que lleva al camello en el coche”. Y eso es lo que ocurre cuando llevas a la mesa de tu tertulia política a personajes como Javier Negre o Eduardo Inda, el primero condenado por inventarse una entrevista con una mujer maltratada y el segundo actualmente investigado por acosar a los niños de Irene Montero y Pablo Iglesias. A pesar de su largo historial de presuntas irregularidades profesionales, ambos siguen acudiendo sin problema a los platós de El programa de Ana Rosa y de Ya es mediodía. Inda, además, está pluriempleado y aparece regularmente en la tertulia de laSexta Noche, de Atresmedia.

Su descrédito profesional les incumbe solo a ellos. Ese es el camino que han elegido. El problema empieza cuando las cadenas generalistas de ámbito nacional, en principio no vinculadas al frikismo ultra, les abren sus puertas y les ofrecen una plataforma a unos argumentos que se mueven entre la tergiversación, la demagogia o, directamente, la mentira.

El caso de Ana Rosa Quintana es paradigmático por su manga ancha con la extrema derecha y por tener a sus espaldas una larga trayectoria profesional jalonada de ejemplos de mala praxis. Acusada de plagio (Planeta tuvo que retirar de las librerías su novela Sabor a hiel), también es experta en ofrecer a sus televidentes informaciones no contrastadas. El pasado abril, en uno de los momentos más difíciles de la pandemia, la “reina de las mañanas” entrevistó a un empresario, Francesc Maristany, que criticaba al Gobierno porque no le compraba sus test de coronavirus cuando más falta hacían. Conseguirlos en el mercado internacional era una tarea muy ardua pero ahí estaba él, dispuesto a salvar vidas, y el Gobierno lo ignoraba.

Santiago Abascal compartió un fragmento de esta entrevista en su cuenta de Twitter con las siguientes palabras: “Quiero felicitar a Ana Rosa por esta entrevista, un oasis en el desierto acrítico de la gran mayoría de medios, sometidos al Gobierno, y empeñados en ocultar o blanquear la tragedia”. Luego se supo que Maristany ni fabricaba ni distribuía estos tests sino que dirigía una empresa de ropa y electrodomésticos. Pero su bulo ya había salido por televisión (en la cadena más vista de España) y había recorrido las redes ayudando a fraguar un concepto que se gritaría con furia en las posteriores caceroladas y manifestaciones: “Gobierno, asesino. Gobierno, dimisión”.

TELEVISIÓN
Una intervención de Santiago Abascal en el programa de televisión de Ana Rosa Quintana. CAPTURA DE PANTALLA

Otra de sus informaciones más polémicas de los últimos días fue la que narraba el asesinato de un hombre de etnia gitana en Rociana del Condado (Huelva). Esta persona había sido vista en los alrededores de un campo de habas y fue supuestamente disparado por el dueño de la finca, que después se entregó a la Guardia Civil alegando que creía que le iba a robar. La reconstrucción de los hechos emitida en El programa de AR abundaba en testimonios que aplaudían el crimen y disculpaban al presunto asesino. La propia presentadora afirmó que el homicidio podía entenderse como “legítima defensa”.

Varias asociaciones protestaron señalando que la información y los posteriores comentarios de Quintana podían fomentar los delitos de odio contra la comunidad gitana. Al día siguiente pidió disculpas. Cuando difundió el bulo de los tests también se disculpó. No tiene problemas con eso. Pero las disculpas no consiguen borrar totalmente el rastro de un mal trabajo periodístico. Y hablamos solo de lo que son errores objetivos, sin entrar a valorar sus amables y repetidas entrevistas a Abascal e Isabel Díaz Ayuso.

La televisión de la desinformación destaca por dar prioridad a la opinión frente a la información. Está llena de tertulias, un formato especialmente exitoso, y en ellas, por supuesto, se guarda el mínimo de pluralidad exigible para no caer en la total desvergüenza. En los últimos tiempos ha sido singularmente llamativo el fenómeno de las puertas giratorias para los expolíticos, en su inmensa mayoría de derechas (o revelados, por fin, como tales, como es el caso de José Luis Corcuera o Joaquín Leguina): Juan Carlos Girauta, Cristina Cifuentes, Celia Villalobos, Manuel Cobo, José Manuel García Margallo… Si el periodismo se guiara por la máxima de Izzy Stone (“Todos los gobiernos mienten”), se invitaría a los políticos a los platós para responder a preguntas, no para cederles un púlpito desde el que seguir haciendo política activa lejos de sus escaños. Es evidente que también se hacen entrevistas para rehabilitar a un político, no hay más que ver las atenciones que Isabel Díaz Ayuso ha recibido en El programa de AR, pero al menos es el formato correcto y una forma de guardar las apariencias.

Obviamente, también con la información se desinforma, no solo con la opinión. Informativos Telecinco, el programa que dirige Pedro Piqueras (no es el único caso pero sí el más evidente por ser, además, el telediario más visto de España con mucha diferencia), está lleno de sucesos, la sección favorita del periodismo sensacionalista. Para este apartado también tenía Bourdieu una tesis pertinente. Decía el sabio francés en un juego de palabras intraducible: “Le fait-divers fait diversion” (‘Los sucesos divierten’). Divierten, atraen a la audiencia y conforman una imagen del mundo.

Hay una vieja máxima de la prensa amarilla anglosajona con la que suelen explicar cómo eligen sus temas y qué extensión le dan: “Tetas, perros, niños y un miembro de la familia Kennedy”. La diferente composición y combinación de estos ingredientes puede dar lugar a un texto breve o a un especial de varias páginas. España también ha consumido este tipo de productos, pero entre lo picante y lo sangriento, siempre tuvo debilidad por lo segundo. Podría decirse que el periódico El Caso desapareció por verse incapaz de competir en el terreno de la crónica negra con la televisión.

“La sangre y el sexo, el drama y el crimen siempre han vendido bien. Y ha sido el reinado de las audiencias el que los ha devuelto a las portadas de los periódicos, a la apertura de los telediarios, cuando hasta hace poco estos temas, a causa de una preocupación por la respetabilidad impuesta por el modelo de prensa seria, habían sido sido apartados o relegados”, explicaba Bourdieu. La bestia grande y fuerte, otra vez.

Ahora bien, es importante aclarar que eso que ocupa tantísimo tiempo en los informativos de Piqueras no es el mundo. “La elevación de los sucesos a noticias de primer rango los transforma en realidad social”, explicaba el sociólogo Laurent Mucchielli. “Así, los sucesos no solo dan pie a un discurso sobre una violencia que se ha hecho insoportable, sino también sobre que la violencia aumenta, que se fortalece… Lo que, sin embargo, es tan falso como decir que los aviones son hoy más peligrosos y se estrellan más” solo porque hay muchas noticias de accidentes en la televisión.

El grado más perverso en el tratamiento de la información de sucesos se alcanza cuando las mismas imágenes violentas se repiten en bucle, una y otra vez, para conseguir un efecto de saturación. Y para ello, en el caso español, se ha elegido un lugar predilecto: Barcelona. A fuerza de repetir día tras día las mismas imágenes (una pelea a machetazosel robo del reloj a un turista; los ejemplos son reales y ocuparon todos los tramos informativos a lo largo de varios días) podría llegar a creerse que Barcelona es una ciudad sin ley en la que es mejor no poner un pie. Y esto, además de ser mentira, es también una forma política de “configurar el mundo, nuestro mundo”, como decía Lolo Rico.

Los magacines matinales usan este recurso de las imágenes en bucle hasta la náusea. La pantalla se divide en dos, en una mitad está el conductor o conductora del programa haciendo una conexión con el enviado especial y en la otra mitad se repiten imágenes del suceso. Una y otra vez, una y otra vez, durante minutos y más minutos de preciosa televisión. Al cabo de varios días es posible que pienses que el mundo es un lugar horrible y que hace falta que llegue alguien con mano dura que pare todo esto.

Pero para convertirte en un verdadero fascista* todavía hay que dar un paso más. Cuando te den a elegir entre dos informaciones, una veraz y otra a todas luces falsa, debes elegir voluntariamente la segunda. Has de tomar partido por la mentira, sabiendo que es mentira, y hacerlo sin que eso te importe ni te impida compartirla. Parece algo irracional pero funcionó en la campaña del Brexit en el Reino Unido, funcionó con Trump en EEUU y funcionó con Bolsonaro en Brasil. También puedes intoxicarte voluntariamente con determinados personajes que encontrarás en la red, pero también en la televisión. No tiene pérdida.

«Fascista», según la RAE: 1. Perteneciente o relativo al fascismo. 2. Partidario del fascismo. 3. Excesivamente autoritario.

Fe de errores: Inicialmente se decía Sussana Griso en lugar de Ana Rosa Quintana.

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