Las que hablamos


Las que hablamos

Pues le estoy yo muy agradecida a Pilar García Mouton, por sacarme de dudas sobre nosotras las mujeres. Parece ser que no solamente hablamos, sino que además decimos. Y dejamos decir, y preguntamos bien, y escuchamos mejor y no interrumpimos y… bueno, pues que somos la nata de la leche.

Y ahora me surgen a mí ciertos problemas con el sexo opuesto. Porque yo ya conozco, ya, a alguno que hace lo propio. Es decir: habla, dice, calla, pregunta y escucha, no necesariamente en este orden. Y empiezo a preguntarme si eso tendrá que ver con ciertas inconfesables inclinaciones o habría que darle una segunda vuelta al asunto de Pilar. Porque me estoy temiendo lo peor y que éstos a los que me refiero se echen a perder ante la posibilidad de que se les confunda de sexo o de condición.

Mira por dónde no me molesta que los avances de la ciencia en este terreno le quiten la razón a Fray Luis de León o a Pablo de Tarso, que nos tenían ojeriza y padecían de misoginia. Pero de ahí a afirmar que la cuestión de comunicarse es cosa de mujeres… me crea auténtico desasosiego pues nos aboca a renunciar al deleite de comunicarnos con gente de otra ralea, que siempre enriquece los puntos de vista, y nos condena a entendernos solamente entre nosotras. ¿Para siempre?

No entraré a discutir los avances de la ciencia en materia cerebral, puede que tengamos más juntas las masas cerebrales y por eso haya más conexión entre ambos hemisferios; o que ellos tengan más dura la corteza y eso interfiera en las corrientes eléctricas interparietales, o vaya usted a saber qué otro descubrimiento encaminado a celebrar que somos diferentes. ¡Pues claro! ¡Menos mal! Porque, de momento a mí, me parece más atractivo tratar de seducir con la palabra a un ser del otro sexo que a mi vecina, por muy necesitada que me encuentre de conocer la razón de su cordura. Y viceversa. Siento más alimentado mi ego femenino cuando un hombre celebra una idea mía, por mucho que le cueste articular las expresiones adecuadas, que si lo hace una mujer, a la que, seguro, se le podía haber ocurrido igual que a mí, a poco que se lo propusiera.

Esto que digo es, más que nada, por faltar a alguno de los varones que lean esto. De esos que se comunican como mujeres. Porque en realidad yo estoy llegando a la terrible conclusión de que lo que de verdad corta el diálogo, la conversación y el ansia de entendimiento es la propia, qué digo, la mismísima, habitualidad.

Pongamos un caso común. Él o ella intentan una maniobra de acercamiento a ella o él. ¿Qué hacen? Dicen. ¿Qué dicen? Lo que piensan que a la otra/el otro va a agradar. ¿Qué oye la otra/el otro? Lo que su vanidad le anima a entender. Esa estrategia dura el tiempo necesario como para que ambos concluyan que se interesan. Viven pocos meses de idílico entendimiento. Y entonces llegan los reproches, los malos entendidos, las exigencias, las censuras, las críticas, las desautorizaciones, los sermones y las condenas. Y, vengan del lado que vengan, se vengan. Por débiles. Por haber caído. Por no haber sabido conservar ese difícil equilibrio.

De modo que yo abogaría por un estado permanente de seducción, de conquista, de coqueteo, esa tierra de nadie donde el hechizo siga sin romperse, la sugestión sirva de señuelo y el galanteo permanente nos mantenga alejados del enamoramiento.

No, si ya lo decía yo. La ciencia acabará, incluso, con el erotismo y con el encantamiento entre ambos sexos. Dos días después del notición de doña Pilar, nos acosa la prensa, esta vez desde la Universidad de Pensylvania, informando que Laura Cousino Klein, al parecer, ha comprobado que nuestra costumbre de hablar, la de las mujeres, digo, tiene que ver directamente con la regla. Parece ser que la oxitocina es la hormona responsable del ciclo menstrual a la par que del estado de ánimo. Mira que los norteamericanos propugnan la especialización, pues nada, esta hormona, ¡hala! a ocuparse de asuntos dispersos. Digo más: «Esta hormona estimula las contracciones del parto y está involucrada en la interacción social», ¡ahí es nada!. Y, claro, con tan poca personalidad, reacciona distinto ante los estrógenos que ante la testosterona haciendo que los portadores de ésta sufran de un ataque de instinto básico y prefieran pelear o retraerse antes que plantar palabras.

Y ahora ¿qué? Pues nada, a amordazar nuestro exceso de estrógenos, si queremos estar en silencio, ellos a desprenderse de unas cuantas testosteronas cuando quieran charlar y que los conflictos los solucione un hormonólogo. Digo yo que esto es una argucia para que los psicólogos norteamericanos justifiquen el nuevo máster y la especialidad en hormonología.

Con todo este follón del que se tiene que ocupar la oxitocina, el vulgar predictor del embarazo servirá para controlar el nivel de estrógenos, cuando tengas intención de iniciar una discusión. Me imagino la escena. Vas a la farmacia: «Deme un predictor, por favor, que parece que estoy de mal humor». Tu prestigio social por los suelos, cuando meses después no pase nada. Los vecinos pensarán de todo y dirán de más. Y tú, en tu habitación, agazapada, vigilando el papelito de contraste y controlando tu nivel hormonal antes de decirle al otro que te ha molestado que se haya ido al cine con tu mejor amiga. A ver si por tener demasiado bajos los estrógenos no vas a poder mantener una pelea comme il faut.

¿Y el otro?. Lo de ellos es verdaderamente alarmante pues nos afecta a nosotras, como consecuencia. Se acabó el sexo. Si tienen ganas de charlar, por aquello de una adecuada puesta en escena, pues, a tomar bromuro, o lo que sea que haga descender el nivel de hombría y, claro, luego pasa lo que pasa.
¿Y las/los homosexuales, qué?  Pues imagino que tendrán a la oxitocina esa de los nervios, intentando estar en misa y repicando.

Así que ya no vale mi planteamiento anterior, porque tras el descubrimiento de la oxitocina, si queremos comunicarnos entre ambos sexos, terminaremos hermafroditas y entonces faltarán la chispa, la química, y la pasión.

Los adelantos de la ciencia están empezando a tocarme los estrógenos.
He dicho.

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.